miércoles, 11 de junio de 2008

Mi visita especial - Jesús Alejandro Godoy, Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina

"¿Quién será aquel que permita que mis tiesos huesos, bailen con la tierra de mis ancestros?" pensé.

Pero obviamente, nadie respondió a mi pensamiento.

¿Será mi magnánimo Dios, o será mi sepulturero el último que tenga piedad de mí, ante la oscuridad que mis ojos verán?

¡Oh Dios...! ¡Oh mi Dios! ¿No será mi cuerpo, el que descanse bailando con la dura madera del ataúd?

Mi última cárcel...

¡Yo que siempre fui libre! ¿Por qué he de morir, y permanecer dentro de un pequeño cuarto de paredes de madera? No es justo...

Pero supongo... que a esa altura de los hechos, ya nada me atormentará.

Aún estoy aquí, y por ahora no pienso irme a lugar alguno.

—¿De veras? —dijo la señora.

—¡Claro que sí! —dije—, casi encolerizado, izándome de mi silla como un gato asustado.

Caminé sin parar por mi estudio, preocupado.

La señora me miraba distante. Parecía distraída, absorta en sus pensamientos.

Me acerqué a mi pequeño bar. El vitral dejaba ver un sol extenuado de julio.

—¿Me acompaña? —le pregunté, elevando mí botella de cristal labrado, donde se movía un poderoso whisky que a gritos esperaba ser saboreado—.

—¡Seguro! —dijo.

—Heme aquí, aún joven, que no puedo hilar mis pensamientos —empecé a decir—, la señora, parecía escucharme con suma atención mientras mis manos tanteaban dos vasos recién aseados.

—No tengo remordimientos... aunque siento que aún es pronto, para vislumbrar los abrazos violentos y oscuros de la parca.

—Pero, discul... —levanté la mano que aún sostenía la botella, y la señora guardó silencio—.

—¡Aún soy joven... míreme! ¿Por qué ha de haber un suplicio más extenso y malicioso, que la lenta muerte de las almas piadosas?

Silencio mortal.

La señora acomodó sus vestidos, y se removió en el asiento. Creo que estaba un poco o más nerviosa que su servidor.

—Excúseme, pues no quiero parecer grosero, ni fraudulento en mis palabras —dije avergonzado.

—No es culpa suya joven —dijo la señora—. Y como mis ojos vieron que su mirada bebía el whisky antes que sus labios, reparé en mi lenta invitación y me sentí nuevamente un anfitrión maleducado y hasta cierto punto holgazán.

—Perdón milady —dije, y me acerqué al escritorio. Posé el vaso cerca de sus manos—. Lo tomó con cierta prisa, y en un santiamén desapareció la medida servida.

Me quedé sin aliento, y sin palabras.

—Disculpe usted... hoy es un día muy poco habitual para mí —dijo, y posó el vaso vacío. Sus ojos por un momento me intimidaron; pero en realidad, parecían pedirme un poco más de alcohol.

—Bien —dije, arqueando una ceja—, creo que tenemos un problema aquí —agregué—.

—Si usted lo dice estimado, así será —respondió—.

Ambos sonreímos.

Bebí mi medida, y tosí por lo bajo.

—Disculpe —dije, cubriendo mis labios—, usted tiene razón milady, hoy es un día especial—.

La señora asintió con una leve reverencia.

Incliné la botella nuevamente sobre su vaso y sobre el mío. Esta vez, brindamos. El choque de los cristales, produjo un tintineo sutil y hasta casi sensual.

Me senté nuevamente, y coloqué mis brazos sobre el escritorio, y entrecrucé mis manos. Temblaba.

La señora me sonrió, y acaso mi cuerpo sintió un fugaz sentimiento de cariño por su presencia.

Podría haber sido. Puede que no... ¿Acaso importaba?

—Fútil es mi tiempo señora —dije con voz casi monocorde—, y vano es mi pensamiento de escapatoria—. Suspiré, y me dejé caer en el sillón de mi estudio.

—Aquí estoy filosofando sobre un momento sincero, donde no puedo negociar con palabras ni con hechos... soy todo suyo milady.

—Sí... pero por favor —dijo la señora un poco más distendida—.

—Diga usted.

—Por favor, no me llame parca, no concibo ése nombre, le quita estilo a mi trabajo.

—Excúseme usted. ¿Cómo la llamo entonces?

—Como todos...

Nos miramos y sonreímos.

Levanté nuevamente la botella, y le hice una seña con ella.

—Sí por favor —dijo mi visita especial—.

—Bueno, como le decía señora: ¿Aún no soy un poco joven...?

No hay comentarios: