martes 18 de noviembre de 2008
En el teatro - Ricardo Ríos Cichero, Fray Bentos, Uruguay
Me refiero al Teatro.
Pero al Teatro “amateur”, como se dice por ahí.
Entre esos amantes me conté, me cuento y me contaré, como uno de los más apasionados.
Estoy convencido – entre otras cosas – que, luego de subir a escena por primera vez, una persona no puede olvidar nunca esa experiencia. Me atrevo a afirmar que – aunque nunca más lo haga – soñará por siempre estar sobre un escenario, aunque sea una vez más.
¿Qué es lo que provoca este sentimiento?
Hay muchas razones que doctos, estudiosos y entendidos pondrán sobre el tapete de las posibilidades.
Yo quiero sumar un motivo que posiblemente ellos no tendrían en cuenta, dado su búsqueda – lógica - de causas más complejas.
Este motivo es simple, intrascendente quizás y sin jerarquía suficiente para integrar un estudio serio.
Pero, en fin, vayamos “al grano”.
Hacer Teatro, poner en escena una obra, armar el decorado, buscar o confeccionar la ropa, los muebles, los telones, maquillar, peinar o despeinar, pintar o pegar barbas y bigotes, panzas, jorobas y cuánta cosa se necesite es trabajo de muchos, aunque a veces es realizado por unos pocos.
Eso sucede, claro, en el Teatro “amateur”.
Sigamos llamándolo de esa manera.
En el Teatro Young de mi ciudad natal – Fray Bentos – se hace Teatro “amateur” a un nivel muy alto de calidad. Allí está, corroborando mis palabras, el “Centro Cultural Armonía”, con la presencia del Maestro Sosa. El “Turi” Sosa, que se nos fue para allá lejos y al que seguimos teniendo tan cerca.
El Maestro Sosa, que amontonaba gente alrededor del Teatro. Teatro y Sosa, en Fray Bentos, son sinónimos; al menos para montón de gente, incluyéndome.
Sin el “Turi” Sosa el Centro Cultural Armonía dejó de hacer Teatro, pero surgieron y surgirán siempre otros grupos que, a nivel nacional, siguen prestigiando a la sociedad fraybentina.
Ahí tiene; sigo saliéndome del tema.
Y me salgo por que el Teatro es así. Se amontonan las cosas en el corazón y en la mente y se nos van escapando para afuera, casi sin control. Esas cosas que son recuerdos de lo querido, lo esperado, lo vivido.
Y otra vez intento regresar al tema.
Usted sígame.
Decía que en el Teatro – en la puesta en escena – debe trabajarse en armonía y multiplicándose muchas veces por dos y por tres, para cumplir a tiempo con lo programado.
A veces, los que son no alcanzan.
Entonces se “echa mano” a amigos, allegados, parientes, etc.
Y trabajan a la par, hasta sentir – ellos y nosotros – que son parte del grupo. Y es tan grande su entusiasmo y dedicación que terminan siendo verdaderamente parte del asunto.
Y “tiran para adelante” con todo; a veces más que nosotros.
Ese fue el caso de un carpintero-albañil-electricista-sanitario-sereno-“crítico” y, sobre todo eso, amigo; amigo del todo y de todos.
Le había gustado tanto el ambiente de las jornadas de locura que se viven previas a un estreno que sufría junto a nosotros todas las peripecias que se debían sortear.
Así, fue empapándose de cómo se movían los engranajes del hecho teatral.
Vio, oyó, conversó, preguntó, calculó y hasta creó, desde su experiencia y sensibilidad.
Un día, llegó desde la capital un grupo de Teatro profesional a representar la obra “Quiroga”, basada en la vida y la obra del escritor uruguayo Horacio Quiroga.
Llegaron, varias horas antes, el Director y los técnicos; iluminador y escenógrafo.
En el Teatro Young sólo estaba nuestro amigo, quien tenía orden de facilitarles el acceso a todo lo relacionado con su trabajo.
El resto del personal llegaría una hora antes de la función.
Comenzó así un despliegue de actividades que absorbió por completo a los visitantes. Así se estudiaron y programaron las luces, la escenografía, el movimiento escénico apropiado para ese escenario, y tantas cosas más.
Nuestro amigo, el personaje multi-funcional allí, con los ojos grandes viendo todo, quieto en un rincón, sentado en un taburete petisón, pierna cruzada, bamboleo suave del pie y fumando tabaco negro “armado”.
Mientras el escenógrafo se dedicaba a sus tareas, los otros dos trajeron una escalera desde el depósito del fondo del escenario y organizaron los focos necesarios.
El Director bajó a la platea y el iluminador subió a la larga escalera, desapareciendo casi entre los “tachos”.
La primera orden llegó.
- Acá está “Quiroga” en la escena del revólver..., poneme un foco ahí... - y su
dedo señaló el sitio preciso.
Ahí justito lo dirigió el otro, manipulando el reflector desde la escalera.
- En la cuarta escena “Quiroga” está en ese rincón. A ver, tirame una luz para ahí, cruzada desde allá.
Allá fue la luz.
Todo iba bien, pero los que andamos en esto del teatro sabemos que faltaba algo.
Cuando se dirige la luz sobre la escena, siempre se coloca una persona en el sitio
a iluminar para asegurar que el golpe de luz esté correctamente ubicado y, por ejemplo, no deje sin luz a la cabeza del personaje.
Pero entonces, como de la nada, apareció la figura pequeña de nuestro hombre.
Cuando el Director decía: “En este momento “Quiroga” debe estar sobre la tarima” y el técnico dirigía la luz hacia el lugar indicado, aparecía nuestro amigo en el círculo de luz - con su cigarro armado a un costado de la boca - y se quedaba quietito, con las manos a la espalda, hasta que el foco se apagaba. Luego aparecía en el siguiente círculo y así durante todo el tiempo que duró la labor de ubicar los focos.
Nadie hizo ningún comentario.
Así hicieron todo el trabajo.
Director, técnico y nuestro hombre.
Cuando todo quedó pronto, el técnico bajó de la escalera e intercambió comentarios sobre lo realizado con el Director.
Luego observaron al “ayudante” inesperado que estaba nuevamente en el rincón, sentadito en su taburete, con la pierna cruzada, balanceando el pie y con el “pucho” en un lado de la boca.
- Gracias, don.
- A las órdenes – contestó, casi con una reverencia.
- Pero dígame... – preguntó el Director - ¿cómo se dio cuenta de lo que estábamos haciendo? ¿Cómo hizo para seguirnos al pie de la letra?
- Facilísimo. Usted decía: “Quiroga se para acá y... ‘tá... y se para allá y... ‘tá ”.
- Ah..., ¿entonces usted conoce “Quiroga”?
- ¿Cómo si yo conozco a Quiroga?... ¡Yo me llamo Quiroga!
FIN
martes 4 de noviembre de 2008
CUARZO - Un cuento del escritor peruano Ciro Alegría
hijo pondría al ver el cuarzo. El bloque traslúcido erizado de varillas
refulgentes, estaba con la calabaza y la cuchara de palo del yantar y
otros trastos, en el fondo de las alforjas que le ceñían el hombro. Un
quebrado sendero, ágil equilibrista de breñales andinos, aumentaba
la brusquedad de su paso, por lo cual los objetos de las alforjas se
entrechocaban produciendo un ruido monótono que rimaba con el
choclear de las ojotas. Más allá, en torno del viajero, sólo había
silencio. La puna estaba cargada de noche. Un ligero viento no
conseguía silbar entre las pajas.
A Fabián no le importaba la cegadora oscuridad ni las
desigualdades de la ruta, pues se hallaba acostumbrado a vencerlas
con habilidad aprendida entre las mismas peñas. Amén de que la
noche a flor de tierra no era tan densa y permitía estar, erguido, así
fuera sobre un hilo de senda rondadora de abismos. Más sombra
tuvo en la profundidad de la mina, mayor incomodidad en la
estrechez del socavón roqueño.
Trabajó dos meses allí. Los peones entraban por las prietas
galerías a barrenar y dinamitar las entrañas de la tierra, extrayendo
una sustancia pesada y lustrosa, de color chocolate, envuelta en
rutilantes rocas de cuarzo. Una callada hilera de mujeres andinas,
que era como un arco iris de pollerones orlando la tierra gris,
tomábala entonces y separaba el cuarzo, rompiéndolo a golpe de
martillo. Así, los fragmentos de tungsteno quedaban listos para ser
cargados en asnos y llamas y enviados muy lejos. Fabián no sabía
precisamente a dónde ni para qué. Se hablaba de que había una
guerra grande en el mundo y que esa guerra, fuera de gente, comía
tungsteno. Muchos inventos sacaban. Al principio, unos gringos
treparon los roquedales andinos a explorar y luego llamaron a los
campesinos para el laboreo. Ahora se llevaban el mineral. Y sobre la
ancha falda del cerro rico, según podía verse, nevaba la nueva nieve
del cuarzo.
Los viajeros de la región no dejaban de echar un vistazo a la
original industria. Antes vieron explotar el oro, la plata, el cobre, aun
el carbón. Los tiempos modernos con su fiera guerra, habían
valorizado el... « ¿cómo se llama?... ¡ah, el tungsteno!». Mascullaban
algo en tono de broma y, como nadie lo impedía, echaban a las
alforjas un trozo de brillante cuarzo para obsequio o recuerdo. Llegó
a ponerse de moda. Por toda la comarca se esparció la roca de la
mina. Los niños indios miraban maravillados los poliedros, hasta
que al fin se atrevían a jugar con ellos. Las mujeres dábanles oficio
de peanas. En los escritorios de los hacendados a guisa de
pisapapeles, se erguían triunfantes los haces de varillas.
Fabián llevaba también ese regalo para su pequeño: cuarzo, luz
de piedra. No era lo único. En una esquina del pañuelo tenía
amarrados quinientos soles, sólo algunos de metal firme, a la
verdad, pero los billetes valían en las tiendas del pueblo. Su mujer
tenía vista una falda de percal floreado. El andaba aficionado de una
cuchilla. El pequeño quería una sonaja. Justo el domingo próximo
irían al pueblo.
Todo ello alegraba al viajero como la perspectiva de alcanzar
sus lares. Tenía el corazón hecho un abrazo para la mujer y el hijo,
la casa y el ganado, la tierra y la siembra. Cuatro leguas más de
camino y estaría en lo suyo. Ahí la luz surgía en los cerros para
mostrar al hombre todas las cosas buenas que animaban la
ondulación de los campos y no a marcarle la necesidad de hundirse
en el socavón ahíto de trémulas tinieblas y ensordecedores ruidos de
barrena. Después de todo, pagaban algo en la mina y descontando
gastos de comida y cañazo bueno para el frío, solía sobrar un poco.
Decían que cuando terminara la guerra, esa pelea lejana y hasta
cierto punto misteriosa, la explotación del tungsteno cesaría y era
cuestión de aprovechar ahora.
Marchaba vigorosamente, venciendo con rápido paso los
altibajos y recovecos de cuestas y laderas. Su mujer estaría contenta
con los quinientos soles, su hijo con el cuarto. La cara que ponía el
pequeño al alegrarse, de puro risueña era cómica y le hacía a Fabián
mucha gracia. Una leve sonrisa se perdió en sus facciones tal si
fuera en montañas calladas.
Súbitamente fulguró, partiendo del cielo y la noche, la candela
fugaz de un lejano relámpago. El granizo apedreó después el
sombrero de junco y las rocas. Por último, la lluvia cayó en
apretados y sonoros chorros. Humedeciendo rápidamente el poncho,
que templó su fría pesantez de los hombros, comenzó a lamer las
espaldas con su lengua helada. «Ya -se dijo el caminante-, ojalá
escampe luego.» Pero el aguacero no tenía trazas de parar. Su
violencia creció más todavía a favor de un viento que llegó dando
alaridos en la sombra. Los chorros adquirían una furia de chicote
sobre la cara. Fabián tuvo que sacarse las ojotas, pues el sendero se
tornó muy resbaladizo. Sabía caminar engarfiando los dedos en la
arcilla mojada, a fin de no deslizarse y caer.
De rato en rato, la llama de los relámpagos iluminaba la puna y
el eco de los truenos rodaba sordamente de picacho en picacho. A la
fugaz claridad, las rocas enhiestas parecían encajarse en el negro
cielo y la delgada canaleta del sendero brillaba trémula como si
fuera a deshacerse con la plétora de agua y fango. Por ella seguía
chapoteando Fabián, tozudamente, calado hasta los tuétanos por la
humedad y el frío. Sacó de las alforjas un puñado de coca que
chorreaba agua y se puso a masticarla para sobrellevar mejor la
marcha. Había tenido que lentificarla y tardaría más en llegar.
Con las horas, disminuyó la furia de la tempestad. Sólo la
lluvia continuaba cayendo, densa y sonora, con esa pertinacia
propia de los aguaceros nocturnos. «Pasará al amanecer», pensó
Fabián. Y se echó más coca entre los belfos ateridos y agitó el
poncho para librarlo un tanto del agua y que pesara menos.
¡Malhaya las chanzas del tiempo! Fabián pensaba en el tibio lecho de
bayetas y pieles de carnero, en el fogón de vivaces llamas, en la sopa
reconfortante que su mujer hacía. El cuerpo de Donatila era cálido y
bueno. La lluvia tendría que contentarse con chapotear a la puerta
del bohío. El iba a llegar ya. Los raros relámpagos le precisaban la
posición. He ahí las rocas que se alzaban en las inmediaciones de
las chacras y, bajo sus pies, las curvas mejor conocidas, los
escalones más familiares por frecuentados debido a la proximidad
del bohío.
De pronto, un trueno alargó desmesuradamente su estruendo.
Roncó estremeciendo la noche y acallando por un momento el tenaz
rumor del aguacero. Fabián se sobresaltó con todas las fuerzas de
su instinto, deteniéndose y echando hacia la sombra y la lejanía los
hilos tensos de sus sentidos. Continuaban produciéndose ruidos
confusos, como de piedras que ruedan y maderos que se rompen. El
fuerte olor de la tierra revuelta pasó en oleadas espesas. Ya no le
cupo duda. Un derrumbe se había lanzado cuesta abajo y terminaba
ahora de arrastrar sus últimos restos hacia el fondo de la encañada.
No sería en su parcela. Él mismo había visto que todo era firme allí,
que ni una vara de suelo vacilaría. Con una consistencia sólida e
inclinación propicia al desagüe, nada había que temer...
Fabián prosiguió su marcha, deseando solamente que el alud
no hubiera cortado la ruta. Mas estaba de contratiempos esa noche.
El olor a fango se hizo permanente y pronto debió admitir que el
camino se rompía, perdiéndose en un barranco formado por la
avalancha. Sus pies vacilaron sobre la última fracción de senda,
deleznable ya. Volvió calmosamente, casi a gatas, y terminó por
acomodarse al pie de una gran roca cuya inclinación podía
defenderlo de la lluvia. Esta seguía cayendo con terca insistencia.
«Apenas aclare, buscaré paso», resolvió Fabián, acurrucándose en
espera del alba. Después de un rato, brilló un rezagado relámpago.
Su escasa lumbre bastó para que el indio alerta viera la franja gris
que manchaba el cerro. ¿Era tan grande que abarcaba el sitio de la
casa y el redil? Tenía la evidencia de que una chacra había
desaparecido, pero esperaba que allá, al otro lado, se elevaran
todavía el promontorio del bohío y la cerca de la majada. No se podía
columbrar. Ahora sí que aguardaba ansiosamente el alba. De saber,
habría rezado y se encomendó como pudo, en una muda
imploración, a la Santísima Virgen. En la espera larga, la sombra
parecía adherida a las montañas. Sólo la lluvia fue amenguándose y
terminó por irse, aunque no con la brusquedad con que llegara.
Y al fin un güicho, vigía del alba, desenvolvió su agudo y claro
canto. ¡Esa sostenida melodía despertaba otrora al corazón de
Fabián! Con ella se había levantado a recibir el sol en medio del
rocío titilante, los sembríos promisorios y el ganado en acecho de la
vastedad de la puna. Pero ahora obedeció al sonido para
incorporarse a escrutar los cerros, en una angustiosa interrogación.
La claridad opaca del amanecer neblinoso bordeó un picacho,
avanzó por el cielo y luego descendió enharinando la encañada.
Entonces Fabián pudo ver. Cada vez más claramente, vio. La
avalancha se había llevado todo, amontonando ruinas en lo más
bajo del abra, allí entre los retorcidos alisos que bordeaban una
quebrada. La huella oscura comenzaba arriba, muy alto, al pie de
una gran peña, se curvaba un tanto al adquirir amplitud y luego
descendía por la falda del cerro, recta y violentamente, hasta el
fondo. Un pardo retazo de chacra quedaba al otro lado, pero la casa
y el redil, con todo lo más querido, estarían abajo, envueltos en el
hacinamiento de troncos, piedras y barro.
El día fue pronto una luz amarilla que comenzó a brillar en la
yerba y a calentar la tierra, levantando el vaho las nubes. Fabián no
dejaba de mirar la mancha gris. De saber cosas, la habría
encontrado igual a la silueta con que los dibujantes de fantasías
fingen el símbolo de la muerte. Para él era solamente la presencia de
la desgracia hecha lluvia, flojedad y caída hecha derrumbe. Todo
tenía una aplastante simplicidad, una definición sin réplica.
Admitiéndolo así, descendió bordeando el nuevo barranco hasta
llegar a su término. El cadáver de una oveja asomaba apenas del
lodazal, lo mismo que dos vigas. Bajo una costra de tierra, la azulosa
pupila de la oveja se empeñaba en mirar obstinadamente.
Habría que sacar a la mujer y al hijo para darles la debida
sepultura y a las ovejas para desollarlas. Vendería las pieles y la
carne serviría para el velorio. El sol llegó a hundirse en el revuelto
conglomerado, haciendo más intenso el olor acre del barro. Fabián
dio varias vueltas considerando indicios y lo observó todo sin que se
contrajera un músculo de su cetrina faz. La tibieza del sol le recordó
la conveniencia de secar el poncho y lo extendió -rojo y azul- sobre
unas matas. Luego pensó en ir a demandar ayuda, pero al punto
cayó en cuenta de que los indios de los contornos, al advertir la
huella en el cerro, acudirían a examinar lo sucedido, encontrándose
con él y dándole una mano en la tarea. Con todo, ésta sería larga y
convenía renovar la entonadora dotación de coca a fin de acopiar
fuerzas. Sentóse, pues, a un lado, revolviendo las alforjas que
guardaban la hoja verde. Al hacerlo encontró el albo y aristado trozo
de cuarzo, que fulguró bellamente bajo el sol. Pero en los ojos de
Fabián centelló también una llama y con un desdeñoso movimiento
del brazo, lo arrojó hacia las ruinas. El cuarzo sumergió su nítida
blancura en la prieta masa del barro, produciendo un breve
chasquido.
Y esa llama fugaz y tal gesto despectivo fueron los únicos
signos exteriores de que algo había ocurrido en el alma del indio
Fabián. Después, hasta sentirse con ánimo para la faena, se puso a
masticar su coca impasiblemente.
martes 30 de septiembre de 2008
Un cuento de Truman Capote (1924-1984)

(1944)
Una mujer menuda, blanca, el pelo con permanente, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir a lápiz su pedido y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un marine de mejillas coloradas y a una chica con la cara en forma de corazón. De un golpe de vista vio un anillo de oro en el dedo de la chica y una cinta de tela roja enroscada en el pelo y decidió que era una chica ordinaria; mentalmente la etiquetó como esposa de guerra. Con una débil sonrisa la invitó a conversar. La chica sonrió a su vez:
—Ha tenido suerte de venir tan pronto porque está llenísimo. No hemos podido almorzar porque había soldados rusos comiendo... o algo así. Jopé, debería haberlos visto, parecían Boris Karloff, ¡se lo juro!
La voz sonaba como el silbido de una tetera y hacía que la mujer carraspease.
—Sí, en serio —dijo—. Antes de este viaje nunca pensé que hubiese tantos en el mundo, soldados, me refiero. No te das cuenta hasta que subes a un tren. No paro de preguntarme, ¿de dónde han salido?
—De las oficinas de reclutamiento —dijo la chica, y se rió como una tonta.
Su marido se ruborizó, disculpándose.
—¿Va hasta final de trayecto, señora?
—Se supone, pero este tren es lento como..., como...
—¡Una tortuga! —exclamó la chica, y añadió, sin resuello—: Puf, no se imagina lo emocionada que estoy. Llevo todo el día pegada al paisaje. En Arkansas, de donde yo soy, todo es más bien llano, así que me da un escalofrío por todo el cuerpo cuando veo esas montañas. —Y volviéndose hacia su marido—: Cariño, ¿crees que estamos en Carolina?
Él miró por la ventana, en cuyo cristal se espesaba el crepúsculo. Se juntaba aprisa la luz azul y las jorobas de las colinas se mezclaban y se devolvían ecos. Desvió la mirada hacia el comedor iluminado.
—Debe de ser Virginia —conjeturó, y se encogió de hombros. De improviso, desde los vagones de tercera, un soldado se les acercó dando bandazos y se desplomó sobre el asiento libre de la mesa como una muñeca de trapo. Era un hombre bajo y el uniforme se le desbordaba en pliegues arrugados. Su cara, flaca y de facciones afiladas, formaba un pálido contraste con la del marine, y su pelo negro, cortado al rape, brillaba a la luz como una gorra de piel de foca. Sus ojos cansados escrutaron nebulosamente a los tres ocupantes de la mesa como si hubiera un biombo entre ellos, y con un gesto nervioso se tiró de los dos galones que llevaba cosidos en la manga.
La mujer se removió, incómoda, y se apretó más contra la ventanilla. Con semblante pensativo lo etiquetó de borracho, y al ver que la chica arrugaba la nariz supo que compartía su veredicto.
Mientras el negro con delantal blanco descargaba su bandeja, el cabo dijo:
—Lo que yo quiero es café, una cafetera grande y un tazón doble de nata.
La chica hundió el tenedor en el pollo con bechamel.
—¿No te parece carísimo todo lo que sirven aquí, querido?
Y entonces empezó. La cabeza del cabo empezó a balancearse con sacudidas cortas e incontrolables. Hizo una pausa y la cabeza se le quedó grotescamente inclinada hacia delante; una convulsión muscular le impulsó el cuello hacia un costado.
La boca se le estiró de un modo horrible y se le tensaron las venas del cuello.
—Oh, Dios mío —exclamó la chica, y la mujer soltó el cuchillo de la mantequilla y automáticamente se protegió los ojos con una mano sensible. El marine miró con aire ausente durante un momento y luego, reponiéndose enseguida, sacó un paquete de tabaco.
—Toma, chico —dijo—. Mejor que fumes uno.
—Por favor, gracias..., muy amable —murmuró el soldado, y después estampó contra la mesa un puño con los nudillos blancos. Temblaron los cubiertos de plata, el agua desbordó de los vasos. Un silencio se prolongó en el aire y una carcajada lejana se esparció por el vagón, cortada en rebanadas iguales.
La chica, entonces, consciente de la atención, se alisó un mechón de pelo detrás de la oreja. La mujer levantó la mirada y se mordió el labio cuando vio que el cabo trataba de encender el cigarrillo.
—Déjeme —se ofreció ella.
La mano le temblaba tanto que la primera cerilla se apagó. Cuando el segundo intento tuvo éxito esbozó una sonrisa forzada. Al cabo de un rato, él se sosegó.
—Estoy tan avergonzado... Perdóneme, por favor.
—Oh, lo comprendemos —dijo la mujer—. Lo comprendemos perfectamente.
—¿Le ha dolido? —preguntó la chica.
—No, no duele.
—Estaba asustada porque pensé que dolía. Lo parece, desde luego. ¿No es como una especie de hipo?
Dio un respingo súbito, como si alguien le hubiese dado una patada.
El cabo recorrió con el dedo el borde de la mesa y poco después dijo:
—Estaba bien hasta que subí al tren. Me dijeron que estaría bien. Me dijeron: «Estás bien, soldado.» Pero es la emoción, saber que ya estás en tu país y libre y que la maldita espera ha terminado.
Se frotó un ojo.
—Lo siento —dijo.
El camarero depositó el café y la mujer trató de ayudarle. Él le apartó la mano, con un pequeño empujón irritado.
—No haga eso, por favor. ¡Sé hacerlo yo!
Confundida por el sofocón, la mujer se volvió hacia la ventanilla y vio su cara reflejada en ella. Estaba serena y le sorprendió, porque sentía una irrealidad vertiginosa, como si se columpiase entre dos puntos de sueño. Encauzando sus pensamientos hacia otro sitio, siguió el trayecto solemne del tenedor del marine desde el plato hasta la boca. La chica comía ahora con voracidad, pero a la mujer se le estaba enfriando su comida.
Entonces empezó otra vez, aunque no fue tan violento como antes. En el resplandor crudo del foco de un tren que se acercaba, se tornó borroso el reflejo de la cara, y la mujer suspiró.
Él estaba jurando en voz baja y sonaba más como si rezase. Se agarró como un poseso los lados de la cabeza entre el fuerte torno de las manos.
—Oye, chico, más vale que te vea un médico —sugirió el marine.
La mujer estiró una mano y la apoyó en el brazo levantado del cabo.
—¿Puedo hacer algo? —dijo.
—Lo que hacían para que parase era mirarme a los ojos..., se me pasa si miro a los ojos de alguien.
Ella inclinó la cara hacia él.
—Así —dijo él, y se calmó al instante—, así, ya. Es usted un encanto.
—¿Dónde fue? —dijo ella.
Él frunció el ceño y dijo:
—Hubo cantidad de sitios..., son mis nervios. Están destrozados.
—¿Y adonde va ahora?
—A Virginia.
—Allí está su casa, ¿no?
—Sí, allí está.
La mujer sintió un dolor en los dedos y aflojó de repente la presión intensa sobre el brazo del cabo.
—Allí está su casa y tiene que recordar que lo demás no es importante.
—Usted sí que sabe —susurró él—. La quiero. La quiero porque es muy tonta y muy inocente y porque nunca conocerá nada más que lo que ve en las películas. La quiero porque estamos en Virginia y casi he llegado a casa.
La mujer apartó la mirada bruscamente. Una tirantez ofendida se engastó en el silencio.
—¿O sea que piensa que eso es todo? —dijo él. Se inclinó sobre la mesa y se pasó la mano por la cara, soñoliento—. Hay eso, pero también hay dignidad. Y cuando pasa delante de gente que conozco de siempre, ¿entonces qué? ¿Cree que quiero sentarme a la mesa con ellos o con alguien como usted y producirles náuseas? ¿Cree que quiero asustar a una niña como ésta de aquí y meterle ideas en la cabeza sobre su hombre? He esperado meses, y me dicen que estoy bien pero la primera vez...
Se detuvo y arqueó las cejas.
La mujer deslizó dos billetes encima de su cuenta y empujó hacia atrás su silla.
—¿Me deja pasar, por favor? —dijo.
El cabo se levantó y se quedó de pie, mirando el plato intacto de la mujer.
—Cómase eso, maldita sea —dijo—. ¡Tiene que comérselo!
Y luego, sin mirar atrás, desapareció en dirección a los vagones.
La mujer pagó el café.
[Traducción de Jaime Zulaika]
martes 1 de julio de 2008
Ella - Juan Carlos Onetti (1909-1994)

Tantas cosas, pobres millonarios, les había hecho tragar Ella. Y lo triste era que Ella había sido infinitamente más hermosa que las gordas señoras, sus esposas, todavía con olor a bosta como dijo un argentino. Ahora también podían tragarse las sonrisas cordiales con que habían acogido las órdenes y las humillaciones. Porque todos sentían, sin más pruebas que discursos vociferados en la Plaza Mayor, que Ella era, en increíble realidad, más peligrosa que las oscilaciones políticas, económicas y turbias, de Él, el mandatario mandante, el que a todos nos mandaba.
Cuando al fin Ella murió, rematando esperanzas y deseos, estábamos a fin de julio; en una fecha abundante en crueldades, en frío, viento, aguacero. De los cielos negros de nubes y noche, caía una lluvia lenta, implacable, en agujas que amenazaban ser eternas. Se desinteresaban de abrigos y pieles humanas para empapar sin dilaciones huesos y tuétanos.
La humedad aumentaba el mal olor de las gastadas ropas de luto improvisado: casi inmóviles, sin palabras porque su desdicha tenía un sólo culpable y éste no podía ser nombrado aunque dueño del frío, de la lluvia, el viento y la desgracia.
Según la pequeña historia, tantas veces más próxima a la verdad que las escrita y publicadas con H mayúscula, cinco médicos rodeaban la cama de la moribunda. Y los cinco estaban de acuerdo en que la ciencia tiene sus límites.
Y en la planta baja, impaciente, paseándose, atendiendo las preguntas telefónicas que le hacían los periodistas amigos o dadivosos, había otro hombre, tal vez también médico, aunque esto no tenga la menor importancia.
Era un catalán, embalsamador de profesión conocida y llamado por Él desde hacía un mes para evitar que el cuerpo de la enferma siguiera el destino de toda carne.
Y había una lucha silenciosa pero tenaz entre los cinco de arriba y el solitario de abajo. Porque si éste sólo creía con distracción en la Virgen de Montserrat, los de encima, estaban divididos entre la de Luján, la de La Rioja, la de las Siete Llagas, entre la de San Telmo y la del Socorro. Pero coincidían en lo fundamental, en la Santa Iglesia Apostólica Romana. Y creían en los eructos dominicales de los curas.
Para cumplir lo contratado con Él, el embalsamador catalán tenía que aplicar una primera inyección al cadáver media hora antes de ser decretado tal. Los pertinaces creyentes del piso superior se oponían a toda intención de embalsamar, pese a que el contratado catalán había repartido generoso pruebas indiscutibles de su talento. Recuerdo la foto, en un folleto, de un niño muerto a los doce años, plácidamente colocado en un sillón y luciendo un traje marinero impecable. Lo exhibían cada vez que la momia hubiera tenido que cumplir años ––él se burlaba, el tiempo no existía, sus mejillas seguían rosadas y sus ojos de vidrio brillaban con malicia–– cuando inexorablemente, cumplía una fecha de muerto. Dos veces al año ocupaba el puesto de honor y los parientes que le iban quedando ––el tiempo existía–– lo rodeaban tomando té con pasteles y alguna copita de anís.
Se oponían a la primera e imprescindible inyección. Porque la Santa Fe que los aunaba repartía almas para que escucharan eternamente música de ángeles que jamás cambiarían de pentagrama ––o tal vez sus cabecitas equívocas las hubieran grabado–– o para disfrutar suplicios nunca concebidos por un policía terrestre.
De modo que, cuando aquellos litros de morfina dejaron de respirar, se miraron asintiendo y consultaron relojes. Eran las veinte en punto. Alguno encendió un cigarrillo, otros rindieron sus fatigas a los sillones.
Ahora esperaban que la pudrición creciera, que alguna mosca verde, a pesar de la estación, bajara para descansar en los labios abiertos. Porque la Santa Iglesia les ordenaba respirar cadaverina, hediondez casi enseguida, y adivinar la fatigosa tarea de siete generaciones de gusanos. Todo esto adecuado a los gustos de Dios que respetaban y temían. Los minutos pasan pronto cuando un diplomado vela por su fe.
Emilio, el más obediente a las manifestaciones indudables de la Divinidad, dijo:
––Che, aumentá la calefacción.
Más tarde, resolvieron bajar para dar la noticia, triste y esperada.
Él estaba cenando y asintió con la cabeza. Luego agradeció los servicios prestados y rogó que le fueran enviados los honorarios. Después señaló con un dedo a uno cualquiera de los uniformados y le ordenó ordenar a las radios, primicia para la suya, que difundieran la noticia.
Y quedó así, rehecha, corregida, discutida: “El Ministerio de Información y Propaganda cumple con el doloroso deber de anunciar que a las veinte y veinticinco Ella pasó a la inmortalidad”.
El médico catalán subió los escalones de dos en dos, molestado por su pequeña maleta. Preparó la inyección y estuvo consternado palpando la frialdad del cuerpo.
Las puertas no se abrían y la multitud comenzó a porfiar y moverse. Los policías dejaron de ofrecer vasitos de café enfriado y de inmediato aparecieron vendedores de chorizos, de pasteles, de refrescos entibiados, de maníes, de frutas secas, de chocolatines. Poco ganaron porque el primer contingente comenzó a llegar a las nueve de la noche y provenía de barriadas desconocidas por los habitantes de la Gran Aldea, de villas miseria, de ranchos de lata, de cajones de automóviles, de cuevas, de la tierra misma, ya barro. Ensuciaron la ciudad silenciosos y sin inhibiciones, encendían velas en cuanta concavidad ofrecieran las paredes de la avenida, en los mármoles de ascenso a portales clausurados. A algunas llamas las respetaban las lluvias y el viento; a otras no. Allí fijaban estampas o recortes de revistas y periódicos que reproducían infieles la belleza extraordinaria de la difunta, ahora perdida para siempre.
A las diez de la mañana les permitieron avanzar unos metros cada media hora, y pudieron atravesar la puerta del Ministerio, en grupos de cinco, empujados y golpeados, los golpes preferidos por los milicos eran los rodillazos buscando los ovarios, santo remedio para la histeria.
A mediodía corrió la voz de cuadra en cuadra, metros y metros de cola de lento avanzar: “Tiene la frente verde. Cierran para pintarla”.
Y fue el rumor más aceptado porque, aunque mentiroso, encajaba a la perfección para los miles y miles de necrófilos murmurantes y enlutados.
miércoles 11 de junio de 2008
Amaneceres - Jesús Alejandro Godoy, Ituzaingó, Argentina
Callan mis placeres cuando te percibo; más aún, cuando entiendo que contigo no existen placeres, sino tan sólo el regocijo que regala el verdadero amor que atonta a todo paladar lascivo y enceguece a toda mirada que atiende lo externo.
Lentas van mis huellas a tu búsqueda, porque de tanto en tanto padezco las esperanzas de que un día serás mía, y cuando comprendo que vivo de sueños, me detengo a borrar mis caminos hacia ti para inventarme algunas nuevas opciones.
Sueño un día en el que podré revelarme a mis huesos, y podré entregarte mi piel para que veas mi interior. Sueño una noche en que me veas a la distancia con tus ojos empañados de mí, y tus ansias esperando por mi presencia.
Hablamos con mi letargo un poco de ti y de lo que jamás tendremos de tu historia. Y sigo viviendo aunque muriendo a momentos; y mientras tanto, voy buscando un sentido a los azotes invisibles que me doblegan a lo que deseo y no puedo obtener de tu mirada.
Sufro algunos lugares que has andado, mientras mis fantasías me hablan del silencio mágico que predica la esperanza.
Me divierte encontrarme imágenes lejanas que atesoran aquellos instantes que, aún recordándolos me traicionan, pero que ocupan un tímido lugar en mis horas actuales que no me dejan que me vea tan insensato, como para querer acariciarte en el aire de lo que fue.
Dime una vez más que son los sentimientos que incautos delante de mí y aún heridos de rabia y abandono, me van llamando para que algún día decidas aceptarlos ya viejos y seniles.
Dime una vez más, si dentro de este cuerpo que ya no es mío, no verás algo de lo que tengas piedad.
Pero culpable soy de llevarte a mi cielo y dibujarte en mis estrellas como si fueras la guía de mis amaneceres.
Presiento que acaso una madrugada te detengas a pensar en mí, y desees sobornar a mi alma para que te regale algunas palabras que tal vez nunca oirás de mis labios.
Flagelo es tenerte a mi lado actuando mil historias contigo que nunca serán, mientras mi alma trata de decirte que mi corazón se entrega a tus pies, como aquel que sabe de honor y no ostenta de ser cauto aunque la muerte siga sus pasos.
Silencio es entonces lo que tengo; más, no hablaré de lo que soy en mis días de vida, sino de aquello que soy cuando tu amor no me deja morir.
Eres mi aflicción más sublime; y yo, el recuerdo viejo que a veces limpias cuando estás sola.
Y sé… que culpable soy de llevarte a mi cielo.
Mi visita especial - Jesús Alejandro Godoy, Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina
Pero obviamente, nadie respondió a mi pensamiento.
¿Será mi magnánimo Dios, o será mi sepulturero el último que tenga piedad de mí, ante la oscuridad que mis ojos verán?
¡Oh Dios...! ¡Oh mi Dios! ¿No será mi cuerpo, el que descanse bailando con la dura madera del ataúd?
Mi última cárcel...
¡Yo que siempre fui libre! ¿Por qué he de morir, y permanecer dentro de un pequeño cuarto de paredes de madera? No es justo...
Pero supongo... que a esa altura de los hechos, ya nada me atormentará.
Aún estoy aquí, y por ahora no pienso irme a lugar alguno.
—¿De veras? —dijo la señora.
—¡Claro que sí! —dije—, casi encolerizado, izándome de mi silla como un gato asustado.
Caminé sin parar por mi estudio, preocupado.
La señora me miraba distante. Parecía distraída, absorta en sus pensamientos.
Me acerqué a mi pequeño bar. El vitral dejaba ver un sol extenuado de julio.
—¿Me acompaña? —le pregunté, elevando mí botella de cristal labrado, donde se movía un poderoso whisky que a gritos esperaba ser saboreado—.
—¡Seguro! —dijo.
—Heme aquí, aún joven, que no puedo hilar mis pensamientos —empecé a decir—, la señora, parecía escucharme con suma atención mientras mis manos tanteaban dos vasos recién aseados.
—No tengo remordimientos... aunque siento que aún es pronto, para vislumbrar los abrazos violentos y oscuros de la parca.
—Pero, discul... —levanté la mano que aún sostenía la botella, y la señora guardó silencio—.
—¡Aún soy joven... míreme! ¿Por qué ha de haber un suplicio más extenso y malicioso, que la lenta muerte de las almas piadosas?
Silencio mortal.
La señora acomodó sus vestidos, y se removió en el asiento. Creo que estaba un poco o más nerviosa que su servidor.
—Excúseme, pues no quiero parecer grosero, ni fraudulento en mis palabras —dije avergonzado.
—No es culpa suya joven —dijo la señora—. Y como mis ojos vieron que su mirada bebía el whisky antes que sus labios, reparé en mi lenta invitación y me sentí nuevamente un anfitrión maleducado y hasta cierto punto holgazán.
—Perdón milady —dije, y me acerqué al escritorio. Posé el vaso cerca de sus manos—. Lo tomó con cierta prisa, y en un santiamén desapareció la medida servida.
Me quedé sin aliento, y sin palabras.
—Disculpe usted... hoy es un día muy poco habitual para mí —dijo, y posó el vaso vacío. Sus ojos por un momento me intimidaron; pero en realidad, parecían pedirme un poco más de alcohol.
—Bien —dije, arqueando una ceja—, creo que tenemos un problema aquí —agregué—.
—Si usted lo dice estimado, así será —respondió—.
Ambos sonreímos.
Bebí mi medida, y tosí por lo bajo.
—Disculpe —dije, cubriendo mis labios—, usted tiene razón milady, hoy es un día especial—.
La señora asintió con una leve reverencia.
Incliné la botella nuevamente sobre su vaso y sobre el mío. Esta vez, brindamos. El choque de los cristales, produjo un tintineo sutil y hasta casi sensual.
Me senté nuevamente, y coloqué mis brazos sobre el escritorio, y entrecrucé mis manos. Temblaba.
La señora me sonrió, y acaso mi cuerpo sintió un fugaz sentimiento de cariño por su presencia.
Podría haber sido. Puede que no... ¿Acaso importaba?
—Fútil es mi tiempo señora —dije con voz casi monocorde—, y vano es mi pensamiento de escapatoria—. Suspiré, y me dejé caer en el sillón de mi estudio.
—Aquí estoy filosofando sobre un momento sincero, donde no puedo negociar con palabras ni con hechos... soy todo suyo milady.
—Sí... pero por favor —dijo la señora un poco más distendida—.
—Diga usted.
—Por favor, no me llame parca, no concibo ése nombre, le quita estilo a mi trabajo.
—Excúseme usted. ¿Cómo la llamo entonces?
—Como todos...
Nos miramos y sonreímos.
Levanté nuevamente la botella, y le hice una seña con ella.
—Sí por favor —dijo mi visita especial—.
—Bueno, como le decía señora: ¿Aún no soy un poco joven...?
lunes 2 de junio de 2008
La elefanta que quería ser jirafa, por Selene Ailín Sione, Viale, Entre Ríos, Argentina

Había una vez una elefanta que vivía feliz en su pueblo. Un día, mirando la televisión quedó fascinada con el Gran Desfile `Jirafa`s Moda Show´, con las mejores modelos de Jirafancho Dottof y Roberto Jirofandio.
-¡ Cómo me gustaría ser una famosa modelo! - decía la elefanta sin dejar de mirar el Show. Entonces se puso a pensar, ya que no podía sacarse esa idea de la cabeza. Pensó y pensó durante un largo rato, hasta que por fin se le ocurrió una gran idea ., hacer una dieta. Y desde ese día empezó a comer cada vez menos. Al principio iba todo bien tal cual lo había planeado…¡ si hasta se notaba más flaca al mirarse al espejo!. Pero el problema era que para hacer semejante sacrificio, tuvo que alejarse de sus amigos elefantes, porque éstos comían todo el tiempo y ella no podía resistir la tentación.
Así fue como empezó a quedarse sola, ya que sus amigos , cansados de que nunca quisiera salir con ellos, dejaron de invitarla. -¡Esto de ser flaca sí que cuesta mucho! . – pensaba tristemente la elefanta. Pasó el tiempo, y después de muchos sacrificios, logró por fin estar mucho más flaca, pero también estaba ojerosa, un poco débil y mucho más fea, ya que un elefante tan flaco nunca puede ser muy lindo. Sus vecinos del barrio la miraban extrañados… es que empezaba a verse muy diferente al lado de los de su especie, y esto llamaba mucho la atención. Fue entonces que la elefanta pensó que ya nada tenía que hacer al lado de sus gordos amigos, y decidió irse a vivir a `Jiraflandia´, la ciudad de las jirafas, donde creía que ya estaba lista para convertirse en una Super Modelo. ¡Pero que desilusión que se llevó ¡. Todas las jirafas la miraban como a una extraña, y nadie aceptó incluirla en sus desfiles. Es que para ser delgada como una jirafa, aún seguía siendo muy gorda, y para ser una verdadera elefanta…¡estaba demasiado flaca.! Ahora se sentía peor que nunca, porque no sabía cual era su verdadero lugar, bueno, en realidad sí lo sabía, pero no estaba muy segura de querer aceptarlo. Finalmente, después de mucho pensar, se dio cuenta de que lo que quería lograr era imposible, porque era como pedirle a una jirafa que sea tan gorda como un elefante…¡eso nunca sería posible!. Y aunque lo fuera, ¿se imaginan lo fea que quedaría.? -Cada uno es como es- reflexionó la elefanta. Lástima que no lo pensé antes de arruinar tantos meses de mi vida intentando ser otra, haciendo terribles sacrificios para convertirme en una modelo famosa, como esas altas y delgadas jirafas. Si era tan feliz antes, estaba rodeada de amigos, y todos me querían como era…¿para qué cambiar mi imagen?. Si cada ser es único e irrepetible, ¿para qué quiero parecerme tanto a alguien que no soy? – sollozaba tristemente- Ahora estoy sola, triste, y arrepentida de todo lo que hice. Y así fue que decidió volver a su pueblo, junto a sus vecinos y amigos, y pedirles perdón, porque últimamente no los había tratado nada bien. Todos allí la perdonaron, y le organizaron una fiesta de `Bienvenida´, donde no faltaron tortas, pasteles, y muchas cosas ricas. La elefanta, que ya estaba cansada de pasar hambre, comió de todo. Y se sintió muy contenta de volver a ser una elefanta `normal´. Y desde ese día ya no quiso parecerse más a nadie, solo quiso ser ella misma…¡ Y así sí que vivió feliz!
Selene Ailín Sione tiene hoy 13 años, pero escribió este cuento cuando tenía 10 años de edad. Ganó el 1º premio en el Certamen Internacional St. Paul's School, de Barcelona, España.
Participa del Taller Literario Munic. “Alas de Papel”